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Las dos caras de la revolución industrial




La revolución técnico-industrial se extiende por el mundo. Ni las llamadas "zonas marginales", por renuentes que sean a abandonar sus aniquilosadas estructuras precapitalistas, pueden sustraerse al proceso general. El irresistible avance de la industria y de la técnica condena a muerte a las formas de producción artesanales y domésticas y vuelve anacrónicas a las de un capitalismo superado por la economía y la propiedad sociales. La técnica industrial penetra en las actividades agropecuarias y transforma sus métodos de trabajo,eleva su productividad y encauza las leyes objetivas de la naturaleza. Desde las remotas comunidades del Tibet hasta los desérticos trópicos del Beni boliviano, la misma ambición industrialista se adueña de la humanidad y le da una visión objetiva del mundo en reemplazo de ese enfermizo subjetivismo espiritualista que durante milenios alienó al hombre a los fetiches creados por el hombre, al trabajo como maldición, al dinero como el poder de los poderes. Todo el pasado se desploma al cruzar los umbrales de la era atómica y cada día son más aisladas y débiles las voces que predican el estancamiento en las viejas maneras de vivir y pensar o el imposible retorno a los tiempos históricos que pronto se esfumarán en la prehistoria.
Cuando hablamos de industrialización o revolución técnico-industrial nos referimos a un aspecto de los grandes cambios que asistimos y de los que participamos, a un aspecto que desglosamos del conjunto con fines exclusivamente expositivos. Todos los fenómenos se conectan e influencian entre sí - directa o indirectamente, inmediata o mediatamente- por alejados que parezcan unos de otros. La industrialización participa de la plena materialidad del universo, en cuanto es factor determinante de las transformaciones esenciales que se operan en la conciencia y en la existencia del hombre de nuestros días.
La revolución industrial presenta dos caras en la historia o - para decirlo con toda claridad- hay dos revoluciones industriales: la de nacimiento del capitalismo y la de la de decadencia y la muerte del capitalismo y el génesis de la sociedad socialista. La primera corresponde a los orígenes capitalistas de los países clasificados actualmente como "desarrollados" y la segunda impele a los países clasificados actualmente como "subdesarrollados" a alcanzar y superar a aquellos más allá del capitalismo.

Sería equivocado suponer que, al industrializarse, los países "subdesarrollados" no hacen más que imitar tardíamente a los países "desarrollados", o sea que llegan a la revolución industrial con dos siglos de atraso y por los mismos caminos que Inglaterra, Francia , Alemania o Estados Unidos. La teoría del eterno retorno del capitalismo convierte en pura y huera abtracción lo que fue realidad viva en una época hoy agonizante y sin posibilidad de retorno. Es sustentada por los economistas, sin excluir a Keynes, que ofician de curanderos del capitalismo, al que identifican con la humanidad misma y fuera del cual no ven más que caos y tinieblas.

La actual industrialización de los países "subdesarrollados" representa, en el sentido histórico, la antítesis de la industrialización de los países "desarrollados" y la reparación o negación de las consecuencias desquiciadoras y esclavizantes que la revolución industrial de los siglos XVIII, XIX y parte del XX en Europa Occidental y Estados Unidos tuvo en las sociedades atrasadas de otras latitudes. Quienes, entre nosotros, siguen a pie juntillas las enseñanzas de Juan Bautista Alberdi o abrazan la causa de la "libre empresa" capitalista, no hacen más que transferir mecánica e idealmente a la realidad contemporánea una concepción pasatista absolutamente opuesta a la realidad.
La primera revolución industrial sembró el hambre y el desorden en las zonas atrasadas del planeta. Los intelectuales iluministas se esforzaron en dulcificarla con sus denuncias de la barbarie y la incultura de las masas y sus promesas de libertad, progreso y democracia. El telar mecánico de Lancashire dejó en la ruina a millares de tejedores de las provincias argentinas lo mismo que en la India. Ni Irlanda se salvó de lo que un autor ha llamado "las calamidades de la revolución industrial" y en diez años (1840 a 18509 perdió por inanición,enfermedades y emigración la quinta parte de sus habitantes. Federico Engels decía:



Inglaterra debía convertirse en la "oficina del mundo": todos los países debían convertirse, para Inglaterra,en lo que ya era Irlanda: mercados para sus producto industriales,fuentes de suministro de materia prima y de los medios de subsistencia. Inglaterra,gran centro de un mundo agrícola, con un número siempre creciente de satélites productores de grano y algodón ,girando en torno a este sol industrial.¡Qué maravillosa perspectiva!

La revolución industrial (1760-1830) fue la tabla de salvació de Inglaterra. Sin ella hubiera sido una nación decadente de agricultores-tejedores,artesanos y grandes señores, de seres sometidos al flajelo del hambre y la peste, como los hindúes y chinos. Pudo librarse de tan triste suerte gracias al genio de decenas de inventores , en su maypría anónimos, que al crear nuevos métodos de producción, crearon también nuevas formas de organización de la industria y el trabajo


Autor: Rodolfo Puiggros

El proletariado en la revolución nacional
Editorial Sudestada 1968

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