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Arte y política en los años 60/70 en la Argentina

 Ricardo Carpani- Mural sobre el Cordobazo (1971)




UN TIPO QUE PINTA. 
“Soy un tipo que pinta, entre otras cosas. No tengo formación académica, ni como artista ni como intelectual. No tengo títulos. No cursé ninguna escuela de bellas artes. No me gusta la palabra ´autodidacta´; uno siempre aprende de los demás. Simplemente trabajé, viví, me apasioné, milité, pinté. Eso, nada más”. (Sin fecha conocida). 
UN HOMBRE COHERENTE
“Si tuviera que volver a vivir mi vida elegiría el mismo camino. Estoy conforme: mi vida fue una lucha. He pasado momentos en que he sido marginado como consecuencia de mi militancia, de poner los dedos en la llaga, digamos. De todos modos, si por alguna razón me canonizaran, cosa que no creo, puedo asegurar que yo no pienso ejercer de santo”. (1989) 

UN SER CULTURAL. 

“La argentina es un país dependiente, no sólo económica y políticamente, sino también en materia cultural, porque la mentalidad colonizada sigue prevaleciendo en las elites rectoras de nuestra cultura”. (1985) 

UN ARTISTA DIFERENTE. 

“Lo que transforma a una persona en artista es el tener algo que decir y el saber expresarlo. Para mí, enseñar pintura no es enseñar un oficio: es enseñar a sentir, a descubrirse uno mismo, a pensar cosas importantes”. (1985) 

UN NACIONALISTA REVOLUCIONARIO 

“A mi entender la nación no constituye una entelequia flotante como un espíritu absoluto, separado de quienes constituyen la nación real. La Nación real está constituida por nosotros y especialmente por aquellas fuerzas activas que la crean y recrean constantemente: me estoy refiriendo a la clase trabajadora. Por lo tanto, si hablamos de un arte nacional, tenemos que hablar de un arte social, y si hablamos de un arte social tenemos que hablar necesariamente de un arte político. Yo creo, además, que lo nacional se define por un hecho bien concreto, que es la lucha antiimperialista, dado que los imperialismos impiden nuestra realización como Nación”. (Noviembre de 1972) 

UN MILITANTE CONVENCIDO 

“Hoy y aquí, la actitud militante del artista revolucionario vale tanto, tiene tanta importancia, como su obra. Ambas se complementan y de poco sirven por separado. Sin la acción militante, lo más probable es que la obra sola termine, tristemente, bajo la forma de cuadro, cumpliendo el cometido que el sistema capitalista le impone: mercancía de consumo privado, prácticamente sin posibilidades de contacto público”. (Octubre de 1971) 

UN HISTORIADOR LUCIDO 
“Felipe Varela y sus gauchos montoneros fueron arrollados por el ascenso triunfante del capitalismo imperialista y los remington ingleses. Su nombre fue silenciado o calumniado por la historiografía liberal-oligárquica, y a la montonera, expresión revolucionaria del derecho de los oprimidos a una vida más humana, se intentó presentarla como una mera manifestación de bandidaje más o menos generalizado. Sin embargo, su derrota no fue definitiva, constituyó tan sólo un capítulo trágico de esa lucha que aún continúa. El último y, este sí, definitivo capítulo comienza ya a escribirse, y el heredero histórico del gauchaje montonero de ayer, el proletariado de hoy, será su principal protagonista”. 

(1966).


Diana Dowek

Lo que vendrá - Diana Dowek (1972)


“Mi gran preocupación ha sido simbolizar lo que estaba pasando”



Dice Diana. Dar vuelta una página es, de pronto, zambullirse en la guerra de Vietman y el activismo opositor que tuvo su expresión en la Argentina. En relación con cada momento, Diana cuenta una historia de militancia artística: “En el 66 participé del Homenaje a Vietnam, organizado por León Ferrari y en el 67 hicimos la muestra ‘Malvenido Rockefeller’”, recuerda, mientras contemplamos una imagen muy pop, el cuerpo de Raquel Welch en bikini, envuelta en la bandera estadounidense, que deja ver en su vientre imágenes de la guerra..

Tras esa década agitada, las preocupaciones por lo internacional fueron dando lugar, de manera excluyente, a lo que pasaba en el país. “Estuve inmersa en el Cordobazo, en el Viborazo. Eran épocas muy fuertes, de insurrección a la orden del día”, cuenta Diana, recordando los actos relámpago que hicieron con las fotos de los muertos del Rosariazo y el “Contra-salón”, en 1972, una protesta por la censura en el Salón Nacional en 1971. Esa época se ve en la serie “Lo que vendrá”, a la que pertenece la tapa del libro. La revuelta plasmada a través del stencil, técnica urgente de la expresión política.

Más inquietantes y oscuros son los enigmáticos paisajes verdes, fechados en 1976. Es tiempo de dictadura, la expresión se vuelve elíptica y paranoica: en medio del verde, un espejito retrovisor refleja un Falcon, o un cadáver. “Quería mostrar un paisaje en el que aparentemente no pasaba nada”, recuerda Diana. De esa época son las imágenes de cuerpos alambrados bajo una trama opresiva, pero también un alambrado abierto, agujereado. “En un momento me había encerrado a mí misma. ¿Si la tela está clausurada cómo hacés para saltar? Y me dí cuenta de que el mismo elemento que encierra puede abrir ”, señala, recordando los días en que exponía esos cuadros en la dictadura y esos alambres abiertos eran un llamado a la resistencia: en Santa Fé el público hizo una colecta para comprar el cuadro. El arte geométrico era el arte oficial –“los artistas viajaban con Videla”, señala– pero Jorge Glusberg hizo un lugar en el CAyC para “la posfiguración”, donde estaban Diana, Norberto Gómez, Alberto Heredia y otros.

La obra de Diana oscila entre mostrar al ser humano y su ausencia. De los 90 datan imágenes de edificios públicos fraccionados, eclosionando, así como las vallas, más recientes, aluden al intento de represión como a la resistencia. Su producción más reciente se enfoca en la minería a cielo abierto, y las máquinas cobran protagonismo.

Diana destruyó obras relacionadas con las heridas de la dictadura porque traspasaban una frontera. “¿Hasta dónde podés ser cruel?”, se interroga. Y le pregunto si debe haber un límite para la belleza cuando se denuncia una realidad injusta. “Sí, hay una contradicción: si la obra es demasiado bella, el otro se puede quedar en lo estético. Tiene que ser lo suficientemente bella para atraer al espectador pero lo suficientemente crítica para que no se deje atrapar por el sentimiento. Es lo que decía Brecht: tiene que haber un distanciamiento. Pero debe ser arte.

El Guernica es un alegato contra la guerra porque es arte ”.

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